Los cuentos infantiles tienen todos su "protocolo". Chica buena en familia buena, de gran belleza y alegría sufre a causa de los malos y un príncipe todo poderoso y bello la salva y la besa. Fin.
Que aburrido. Lo cierto es que como todo el mundo supongo, me he criado con los típicos cuentos de hadas y todos y todas tendremos nuestro preferido. Si bien con los años maduras y te das cuenta de muchas cosas, eso no implica que en algún momento hayas podido pensar en tener una vida similar o en lo interesante que podría parecer. ¿Pero por qué? Es decir, ¿Por qué sentimos ésa necesidad? Eso es lo que no me queda demasiado claro. Aunque bueno, teniendo en cuenta el tipo de sociedad que tenemos, muchas cosas tienen sentido. Pero yo abogo por los cuentos para plebeyas y plebeyos. Los cuentos de verdad, donde la única fantasía que se encuentra es la de la imaginación. Donde una puede ser alta como un roble y amar a un ser pequeño como un champiñon. Donde la perfección es fruto de la más absoluta imperfección con un toque de caos. Donde las ruinas son hermosos lugares donde soñar y construir. Yo quiero cuentos para mi, cuentos que me hagan crecer y soñar, no sólo soñar.
Quiero conocer a una guerrera y que el murmullo al pasar sea: "Mira, es ella, la que derroto a la malvada reina en la batalla del sudoku". Quien dice sudoko dice cualquier otro juego que ponga a trabajar el cerebro claro. Porque no nos olvidemos, que en los cuentos que conocemos, las "princesitas" no destacan precisamente por su gran intelecto. Matizo, hablo de los cuentos de hace 20-30-40 años, no de los que ahora pixar nos cuenta, que me encantan, sobre todo Brave.
Pongo un ejemplo, La Sirenita. Esto me duele, fue una de mis historias favoritas, pero no por el contexto como tal, sino porque yo soñaba con ser una sirena, vivir bajo el mar y tener como amigos a los delfinas y las orcas. Pero volviendo al tema, Ariel, la pequeña y "rebelde" Ariel. Hija de un Rey, nos muestra el sentido que en aquella época se entendía por mujer. Por desgracia. Se rebela, se va de casa y firma un contrato, sin leerlo, a cambio de su voz para tener piernas y conquistar en tres días al hombre que supuestamente ama. Vamos a analizarlo, eres de la realeza y no lees lo que firmas, ahora te entiendo Infantita Borbón. Puedo deducir que igual no sabes leer, pero tiene una caligrafía perfecta, por lo tanto el pensamiento anterior queda anulado, sabes leer, escribir y aún así firmas algo sin leerlo. Analizándolo con los años me doy cuenta del mensaje que quería transmitir Disney, no importa lo que hagas ni lo que pienses, mientras seas guapa nada te detendrá. Frustrante. Seguimos con el análisis. Llega a la costa, no sabe hablar, se encuentra con Erick. Le hace gestos. No se entienden. Su cuenta atrás empieza. Y digo yo. ¿No hubiera sido más fácil que le escribiera una nota? A estas alturas tenemos claro que sí sabía escribir. Pues no. Una vez más Disney nos dice, no te preocupes mujer, eres guapa y estás delgada, eso debería bastar. Y ahí es donde quería llegar. Al monopolio del cuerpo femenino. De la imagen que debemos dar y no me gusta. Por eso quiero cuentos de verdad, donde las chicas se levantan despeinadas y con ojeras, donde los chicos se arrascan los huevos y después la cara. Cuentos en los que una chica que no está socialmente delgada encuentra a una persona que la ve y la define como hermosa. Quiero cuentos en los que el cielo truena y la luna brilla. En los que existen familias incompletas y familias diferentes. Cuentos en los que las mujeres y los hombres se protegen a si mismos y se rescatan a si mismas. Basta ya de cuentos vacíos que te dicen: ¡Si le pones ganas, todo lo podrás conseguir! Mentira. Sabemos de sobra que muchas veces las ganas no bastan para lograr lo que deseamos. Quiero cuentos para plebeyas. Quiero cuentos que se puedan hacer realidad.

